martes, 13 de septiembre de 2011

Tocata y fuga

Fuga porque estoy deseando que me terminen un fleco en la obra del Escorial baño para fugarme de vuelta a mi casa.

Tocata porque la semana pasada, entre otros cacharros, pude recuperar mi equipo de música por módulos, con su pletina, su ampli, su reproductor de CD y, aunque ese sí lo tenía a mano pero un poco incómodo de utilizar, su tocadiscos.

No soy ningún flipao de los vinilos. Prefiero cómo suenan las cosas en CD, que en vinilo te pasa como con Windows, cada vez que lo usas funciona peor que la anterior (esto no significa que Windows o los discos en vinilo sean prescindibles, sencillamente, son menos fiables). Pero tengo unos cuantos vinilos, y algunos de ellos no los tengo en CD, o simplemente, me apetece oírlos como los conocí en su día. Me parece que hay mucha gilipollez con los vinilos, sobre todo ahora con las reediciones. No creo que me compre muchos más vinilos en mi vida salvo por cuestiones puramente estéticas. Prefiero oír a Led Zeppelin en Physical Graffiti en CD o poner The Song Remains the Same en el DVD y verla o sencillamente oírla de fondo, pero me alegra tenerlos en primera edición en vinilo, el primero con sus troquelados, el segundo con su libreto. Lo mismo puedo decir del All Things Must Pass de George Harrison, que pierde todo su sentido al pasar de triple vinilo a doble CD, y a veces tiene gracia ponerse el disco blanco de los Beatles, con todos sus rallajos, que me acompaña desde mayo de 1988 y fue mi primer vinilo.

Tuve mi época de ir mucho a Killers, La Gramola y La Metralleta. Cada vez que me encontraba con una primera edición a precio razonable (entre trescientas y seiscientas pelas) me parecía un gran triunfo. Tengo una primera edición del Tommy de los Who absolutamente destrozada, una reedición rara rara que me permitió conocer el Forever Changes de Love en COU (esos dos los compré el mismo día en Killers, en la calle Tres Cruces). El vinilo (sin cubierta y censurado) del Aqualung de Jethro Tull, que se editó en España tres años después de su lanzamiento, suprimiendo Locomotive Breath y añadiendo Glory Row. También sin carpeta y a precio irrisorio encontré el Thick As A Brick, de la misma banda (este sin censura, pero en su primera edición) y el Fly On The Wall de AC/DC, que convertí en un reloj, que es el que da las horas en mi salón (no sin ciertas dudas, pero convencido que la galleta era de lo mejorcito y que las canciones, al fin y al cabo, no lo eran tanto). Otro troquelado: el Broken Barricades de Procol Harum, y más primeras ediciones de Démis Roussos (esos discos que a fuerza de verlos en La Metralleta, acababas por comprarte; no me dio por Richard Clayderman, pero sólo de milagro...). Lo más relevante, sin embargo, son los discos de los Beatles. De los originales, todos reediciones de finales de los ochenta, salvo el Rarities original lanzado para complementar la caja con todos los vinilos, a principio de los ochenta, pero también muchos vinilos de colores de la serie Ultra Rare Trax (Swinging Pig Records), que me compré según iban saliendo.

Pero bueno, el caso es que tengo ese equipillo de música que me fui financiando entre el verano del 2000 y el invierno de 2001, si no recuerdo mal, a base de trabajar en tres bolos montando y desmontando el escenario de Miguel Bosé y Ana Torroja en esa gira conjunta que hicieron, y trabajando también para Joaquín Sabina en la de Nos Sobran Los Motivos (para el cáncer de pulmón, apostillaba yo siempre a posteriori...), y acabando con el concierto de Eric Clapton en el Palacio de los Deportes. Como me pagaban a tres meses, fui comprando el equipo por módulos, cada uno de su padre y de su madre: la pletina JVC, el amplificador Sony, el reproductor de CDs Philips, y el tocata es un Sanyo cutrón, pero hace su trabajo. Los altavoces: unos Kenwood bastante majos reciclados de un equipo de música de mi padre que en su día se dio por vencido por fallo eléctrico al poco de cumplir con su período de garantía. Iba sustituyendo con módulos las funciones que habían dejado de ir bien en mi desvencijada cadena. Primero las cintas, luego el ampli en sí, conectado al discman, luego, por fin, un módulo de CD, y por último un tocata en estéreo (tengo en casa de mis padres un Philips muy mítico de color naranja que me costó mil pelas en el Cash Converters (acabo de ver que el de la foto, que es idéntico, lo venden por ahí por 30€, ¡y eso sin la salida para cascos que yo le instalé!),pero que no era estéreo, y otro armatoste americano de esos con cargador para varios vinilos que me regaló mi amigo Antonio en algún momento de los últimos diez años).

Todo son recuerdos de otros tiempos, de mucha ilusión y poco dinero. Esos recuerdos son siempre súper puros, súper nítidos. Dignos de archivarse como momentos que nunca llegan, vaya.

4 comentarios:

Emilitros dijo...

a veces se agradece el tocar la música y "ensuciarse" un poco los dedos con ella, que el mp3 es cojonudo pero muy aséptico!

Javi dijo...

Sí... hace ilusión, pero no hay que fliparse! ;-)

Anónimo dijo...

Estoy muy dolido por tu uso reiterado del verbo "fliparse". Lo de los vinilos no es una cuestión de sonido, es mucho más. ¿Un vinilo como reloj? ¡Ay, tú me quieres matar a disgustos! ¡Serás criminal! Aún así, ¡abrazo!

Javi dijo...

Me flipa ese verbo! (y me doy cuenta de que mi vocabulario va yéndose por algún desagüe desconocido...)

¡¡¡Claro que soy un criminal!!! Corderito!!! ;-)