Saco mis conclusiones sobre lo que veo en las redes sociales y en el estado del país en general.
Antecedentes:
Me gustó que, en la difusión previa al día de la huelga, se hiciese mucho hincapié en que las acciones que se tomasen fuesen no-violentas.
Me sorprendió que en dicho hincapié, siempre se recalcase, además de una llamada al absentismo laboral (lo normal y legal al convocarse y obtenerse el derecho a huelga), una llamada al no-consumo. Es casi imposible no ser esquirol en estas circunstancias.
No me parece inteligente, sin embargo, que, personas que se quejan de la manipulación a la que nos vemos sometidos (partidos políticos gobernantes, bancos), crean a pies juntillas, compartan y difundan otras informaciones de otras entidades que, sin haber recibido derecho alguno a gobernar a nadie, consiguen imponer su voluntad en ciertas personas.
No me gustó la silicona en los cierres de los comercios de mi calle y otras. Silicona puesta antes del inicio de la jornada laboral, vaya. Ganas de joder indiscriminadamente.
En directo:
Tampoco me gustaron los contenedores de basura bloqueando las calles a las 23h, poniendo en peligro la seguridad e integridad de peatones, conductores y vehículos ¿a cambio de qué? ¿de dificultarle el trabajo a los autobuseros y taxistas? Tampoco el vandalismo practicado contra coches (rociados con líquido de extintor -- ¿por qué?) o cajeros automáticos. Por el acto de vandalismo en sí, por anular por completo ese halo de pacifismo del día antes; y por la misma razón que la silicona de los cierres: por ser fuera de la jornada laboral de las oficinas afectadas. Única explicación posible: que estos actos persigan esa segunda premisa de la convocatoria de huelga: entorpecer el consumo. ¿Merece la pena? ¿están justificados el peligro causado y los daños?
Consecuencias:
Salir a la calle al día siguiente, fuera de la jornada de huelga y encontrar inoperativos (con pintadas, con las pantallas reventadas a golpes) todos los cajeros automáticos a tu paso. Ver cómo las consecuencias de esta huelga no se circunscriben a la jornada pactada.
Antes, durante y después:
La violencia verbal e intransigencia absoluta a la hora de abordar ciertos temas.
La tendencia a juzgar el dinero de los demás como si fuera propio.
La tendencia a denostar al empresario y a comparar el empleo por cuenta ajena con la esclavitud. Un empresario define un negocio, realiza una inversión, crea una serie de puestos de trabajo, unas condiciones económicas y laborales, etc. El empleado puede libremente optar por esa vía, o bien, buscar su propio camino, financiación, empleo.
La tendencia a menospreciar al empresario autónomo, que lucha en primera persona por un trabajo digno y acorde a sus necesidades y deseos.
La falta de autocrítica a la hora de buscar culpables y evaluar todos los motivos de crisis (hay una importante crisis de valores que afecta a toda la sociedad y a la que no se presta atención alguna)
La falta de iniciativa en la búsqueda de soluciones a nivel personal.
La tendencia a culpabilizar a los bancos por la ejecución de responsabilidades adquiridas por sus clientes por contrato.
La tendencia a la calumnia y difamación en las redes sociales y la irresponsabilidad a la hora de secundar testimonios falsos y alterados.
La llamada al desorden: por ejemplo, convocando a los ciudadanos, ante la huelga de basureros, a depositar su basura en las puertas de las oficinas bancarias.
Todo esto, sin ánimo ninguno de ofender a nadie. Son las conclusiones que yo he sacado con mi cabeza y mi corazón de lo que vengo viendo y vi, en concreto, el pasado miércoles. No es discutible. Me parece un sano ejercicio de autocrítica. Y si hacemos revolución, que sea con cabeza y con corazón. Pero con cabeza. Y con corazón. Que somos mayores de edad para votar, para pensar, para sentir y para actuar.
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