martes, 8 de julio de 2014

Callar con propiedad

El domingo por la mañana, limpiando los cristales de las ventanas, reflexionaba sobre esta posible frase.

Sí, sí, reflexionaba como los artistas. Hoy en día parece que son los únicos que públicamente reflexionan en sus obras. Yo lo hice en mi limpieza de cristales. Quedaron transparentes y limpitos, así que algo me dice que no me dejé nada por destapar.

Nos enseñan a hablar con propiedad. Generalmente todo aquel que se sabe más docto que nosotros en cierta materia. Todo el que es capaz de hablar con más rigor que nosotros del tema que se esté discutiendo. Todo el que pueda corregir puntos y comas de nuestros diálogos o monólogos. Es muy importante que así sea. Mi padre lo hizo y lo hace, y no lo puede evitar. Hablar con mi padre es un ejercicio de uso del castellano más únivoco. No se debe dejar espacio para al ambigüedad si no quieres que cada punto flaco de tu discurso sea susceptible de ser rebatido y llevado a los correspondientes derroteros, no siempre objeto de la conversación original.

Lorena también habla con mucha propiedad en infinidad de temas culturales, históricos e incluso legales. Supongo que tener una cultura vasta hace que distingas más valores entre ocho y ochenta, y que una oposición requiere estar muy atento en lo que a rigor se refiere.

Y yo pido rigor cuando se habla de música, de instrumentos, de ingeniería, de los temas en los que creo que distingo bien las palabras y los conceptos. Todo esto empezó porque se me ocurrió, en una ventana anterior, que "no hay química buena o química mala, que no hay nada que contenga demasiada química, o más química que otra cosa, sino que, en sentido estricto, todo es igualmente química. Somos química. Las setas venenosas son tan químicamente químicas como las drogas de diseño, la hierbabuena como el látex; el azúcar de caña, el aspartamo y la remolacha azucarera; o la leche de vaca recién ordeñada y los polos de fresa".

Hablar con propiedad sobre química, ejemplo práctico.

Pero aún no he conocido a nadie que me inste a callar con propiedad (claro, que yo tampoco es que hable todo el rato, precisamente), y creo que es importante. Callar con propiedad es una estupenda y muy saludable práctica para todos. Saber cuándo callar. Callar no está reñido con saberse poseedor de la razón. Es posible conocer el uso impropio, no sólo del lenguaje y los términos, sino también del espacio, del tiempo, de los recursos, y sin embargo, callar con propiedad. Elegir que no es importante. (o elegir qué no es importante, ¡lo que cambia una tilde las cosas!). Elegir que no es el momento, ni el lugar. Elegir no corregir. Elegir no imponer. Elegir no alterar. Elegir otro momento, otro lugar, quizá uno totalmente introspectivo.

Como el ocasional solista que sabe limitar su actuación a donde realmente es relevante. Como el constante rítmico que sabe ceder su espacio a otros sonidos, bajar el tempo o, por qué no, también dar paso al silencio. Hay que saber hasta donde llevar la actuación, el solo, el interludio. Dónde empezar, dónde terminar, dónde reclamar espacio, dónde dejar de repetir un fraseo, cuándo pasar a la coda y terminar. Hágase el silencio.


Depeche Mode - Enjoy the Silence (Violator, 1990)

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